Con sus 46 años, Mateo Carabajal es una especie de niño grande. Pasa largas horas en su taller/laboratorio armando y desarmando juguetes. Aunque lo hace con un objetivo claro: crear cosas. Es defensor de la filosofía “hacelo vos mismo” y ama la docencia, especialmente enseñar a inventar objetos que mezclen sus pasiones: la música y la electrónica.

Desde hace muchos años, estudia cómo fabricar herramientas que empleen el espíritu creativo de las personas y les ayuden a armar cosas con la tecnología moderna. Es un verdadero maker musical. Entre sus últimas propuestas está “drawdio”, un lápiz electrónico que permite hacer música mientras uno dibuja. Precisamente ayer, en un taller, enseñó a chicos y grandes a fabricar el lápiz sonoro.

¿Cómo funciona el “drawdio’? Con este instrumento cualquier persona puede dibujar sobre una hoja. Y mientras uno va trazando, el lápiz emite diferentes sonidos, que pueden ser más graves o más agudos. Gracias a las propiedades conductoras del grafito, el “drawdio” -que es un sintetizador acoplado en un lápiz- logra que los dibujos suenen como por arte de magia. Y es nuestro cuerpo el encargado de cerrar el circuito eléctrico.

Según cuenta Carabajal, hace unos años un estudiante desarrolló en el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts este original invento. “Lo que hice es una versión nueva, sumando cosas, mejorando el circuito. Así que se puede decir que es un ‘drawdio’ modificado. Más allá de que puede ser visto como entretenimiento, para mí es una herramienta artística que combina el dibujo y el sonido”, resalta.

En el taller puede participar cualquier interesado desde los 13 años. Si son menores de edad, deben ir acompañados por un adulto. Esto es porque, pese a que el armado “drawdio” es bastante básico, hay que usar soldadores y otros materiales que exigen ciertos recaudos, explica Carabajal, quien dicta talleres desde 2008. Hasta hace poco fue presidente del club de Robótica de Tucumán y participó en varios cursos de tecnología que organizó el Ministerio de Educación.

“Al lápiz sonoro lo hemos hecho fácil de armar para que incluso personas que no han construido nunca nada logren hacerlo”, explica. “Es una gran oportunidad para iniciarse en la electrónica. Tiene principios básicos de electricidad, pueden aprender a soldar y a combinar imagen y sonido”, añade. En el fondo, la intención -al igual que todo lo que se hace en el taller- es que a los participantes les pique el gusanito.

Mateo lo vivió en carne propia: ese gusanito le picó fuerte cuando tenía 10 años y sus padres le regalaron una computadora. Corría 1986 y muy pocos tucumanos contaban con una Commodore 64. “Para mí fue mi primer acercamiento a la programación. Me pasaba siestas enteras creando cosas, haciendo música”, recuerda el ingeniero en Electrónica (se recibió en la UTN) y docente de música.

“Amo la tecnología y me gusta la música. Entonces me dije ‘con la música tengo muchas posibilidades de hacer instrumentos nuevos, de hacer accesorios’”, confiesa Carabajal, que también es miembro de la banda de rock Estación Experimental.

Otras creaciones

Otras de sus creaciones es “La Auduina, sonido sensible a la luz”. Se trata de un sintetizador granular bien temperado que permite tocar (con la luz) escalas musicales en todos los tonos. También está el “CoyuyoC”, un aparato musical que genera sonidos ambientales inspirados en el amo de las siestas de verano, nuestro coyuyo.

En el taller/laboratorio de Mateo hay varios kits de juguetes sonoros. La consigna es intervenir en los circuitos para que funcionen de otro modo. La idea de los aparatos es que cualquiera pueda hacerlos, siguiendo una guía. Un clásico, por ejemplo, es el theremin, un instrumento sensible a la presencia humana. Es una caja con dos antenas que se ejecuta acercando y alejando la mano de cada una de las antenas. Funciona por un principio de electromagnetismo; y cuanto más cerca esté la mano derecha de la antena, más agudo será el sonido producido.

¿Qué despierta en un chico una experiencia como esta, de arte y tecnología?, le consultamos. “A los chicos les fascina descubrir el vínculo entre lo visual y lo sonoro. Interactúan luces, imágenes y sonidos. Lo interesante de cuando se combinan el arte y lo tecnológico es que los chicos pueden gozar aprendiendo. El arte es un puente entre el goce y el saber, especialmente cuando hablamos de cosas tan técnicas y duras como la programación y la tecnología. Entonces, ellos terminan disfrutando de una experiencia artística que a la vez está muy ligada a fenómenos físicos, de la tecnología y las ciencias duras”, resume mientras juega circuitos integrados, pianitos de juguete, sensores, cables y otros objetos que emiten los sonidos más extraños.

Así suena la cultura maker

La cultura maker promueve la idea de que todo el mundo puede hacer lo que se proponga, sin necesidad de acudir a un especialista ni de convertirse en un experto. Con un poco de imaginación, se puede probar. Está permitido cometer errores. Y sacar consejos de internet. Esta filosofía se ha extendido a una de las artes que más se prestan para la creatividad: la música. Cada vez más músicos, como Mateo Carabajal, se proponen crear instrumentos a partir de materiales de lo más originales: juguetes, dispositivos tecnológicos o con cualquier objeto que se les presente consiguen hacer música.